Ama a tu prójimo homosexual

Es muy probable que nos encontremos en general con tres tipos de personas homosexuales: las que no son convertidas; las que se declaran homosexuales y cristianas, y las que están arrepentidas. Para amar a cada uno de estos tres grupos hace falta una respuesta diferente y específica.

Por Joe Dallas

“¿Quién es mi prójimo homosexual?” tal vez nos preguntemos. “Y, ¿cómo lo debo amar?” Permítame responderle tomando algunas libertades con la parábola del Buen Samaritano.

Estaba un homosexual sentado junto al camino, preguntándose qué debería hacer acerca de sus tendencias y su conducta, si es que debía hacer algo. Se le acercó un sacerdote. Cuando el hombre le explicó su situación, el sacerdote le dijo:

“Eso es pecado. Arrepiéntete.”

“Muy bien,” dijo el homosexual, “pero ¿por qué es pecado? ¿Qué debo hacer cuando siento la tentación? Y si me arrepiento, ¿me sentiré atraído hacia las mujeres y llevaré una vida normal?”

“No tengo la más mínima idea,” le contestó el sacerdote. “En el seminario nunca nos hablaron de eso, y yo nunca he tenido que tratar con alguien como tú. Pero necesitas arrepentirte, así que avísame cuando estés listo.”

Y se marchó.

Al cabo de unos minutos, un pastor vio al hombre, escuchó su historia, y le dijo:

“Yo nunca hablo de lo que es correcto y lo que es incorrecto. Prefiero predicar el amor. Dios te ama; tú eres una persona maravillosa. Todo te va a salir bien.”

“Sí,” le dijo el hombre, “pero ¿es pecado o no? Si Dios me ama, ¿eso quiere decir que aprueba todo lo que yo haga? Y, ¿qué hace usted con los versículos de la Biblia que condenan la sexualidad?”

“No sé,” le dijo el clérigo mientras se encogía de hombros. “Cada cual tiene que decidir eso por su propia cuenta. Pero ven a visitarnos a nuestra iglesia algún día. La gente te va a amar sin importarle nada más.”

Más tarde, un evangelista que acertó a pasar por aquel lugar le habló de una manera más directa.

“Dios odia lo que tú haces,” le dijo con voz de trueno, “y es un peligroso pecado que está destruyendo a esta nación.” “¿Destruyéndola más que el adulterio, la pornografía, o las relaciones sexuales entre la gente soltera?” le replicó el homosexual. “¿Acaso los pecados heterosexuales no son serios también?”

“Sí, pero por lo menos son normales,” le dijo el evangelista, enojado, antes de alejarse pisando fuerte.

Y así fue como creció la frustración de aquel hombre. Un sacerdote le había dicho qué debía hacer, sin orientarlo para nada sobre cómo debía hacerlo. El segundo le había manifestado compasión, pero sin ofrecerle normas ni dirección. El tercero sabía mucho de normas, pero muy poco sobre la gracia. Cuando estaba a punto de darse por vencido, notó que se le acercaba un cuarto ministro y decidió intentarlo de nuevo.

“En medio de todo lo que estos señores te dijeron, hay cosas ciertas,” le dijo el pastor después de escucharlo hasta el final. “Decididamente, Dios te ama, pero tú has pecado, como hemos pecado todos, y tu homosexualidad sólo es una de las muchas maneras en que no has estado a la altura de sus normas. Ésa es la mala noticia, pero hay una buena noticia, y es que existe un remedio. Permíteme que te explique.”

Y así va esta sencilla historia de la gracia y la verdad aplicadas hábilmente. Esa encomienda de “Ve, y haz tú lo mismo” es evidente, pero no es fácil cumplirla, especialmente en la actualidad. A medida que se va acelerando la desviación de la nación con respecto a los valores judeocristianos, hay diversas cuestiones en las cuales solían estar de acuerdo la Iglesia y la sociedad en el pasado, pero que ahora se han convertido en fuentes de tensión. Y en ningún otro aspecto es más evidente esa tensión que en los debates actuales acerca de la homosexualidad.

Desde la aparición del Movimiento de Derechos de los Homosexuales a fines de los años sesenta, las instituciones seculares que influyen fuertemente sobre la opinión pública —la psiquiatría, los medios de comunicación, el mundo del espectáculo, y las industrias de la educación— han cambiado todas hacia posiciones sólidamente favorables a la homosexualidad. Un creciente porcentaje de la cultura las ha seguido, causando que tanto la cultura como sus instituciones primarias presionen a la Iglesia para que realice también ese cambio de posición. Enfrentada a la decisión de abandonar la autoridad de las Escrituras, la mayor parte de la Iglesia se niega (y con razón), y aquí viene la fricción. Los creyentes en Cristo saben que Dios los ha llamado a amar a sus prójimos homosexuales. Sin embargo, estos creyentes sostienen un punto de vista según el cual la homosexualidad no está de acuerdo con la voluntad de Dios, cosa que muchos homosexuales consideran detestable. Esto bastaría para dejarnos perplejos. Añadamos a esta mezcla el hecho de que algunos de nuestros prójimos homosexuales no son cristianos, otros profesan ser creyentes, y otros son creyentes arrepentidos que consideran su homosexualidad como algo que deben superar, y el desafío que supone amarlos nos llega a parecer abrumador. ¿Qué hacer?

Mirando mi propia participación en la homosexualidad desde mediados de los años setenta hasta principios de los ochenta, y teniendo en cuenta a los centenares de hombres y mujeres cristianos a los que les he dado consejería, y que están luchando con este pecado, he llegado a creer que debemos expresar ese amor según se necesite. Una vez que tengamos esto en cuenta, lo más probable es que nos encontremos tres tipos generales de personas homosexuales: los que no son convertidos, los que afirman ser homosexuales y cristianos a la vez, y los que se sienten arrepentidos. El amor que debe recibir cada grupo exige una responsabilidad diferente y específica.

AMA A TU PRÓJIMO HOMOSEXUAL INCONVERSO
Entre otras cosas, amar a los que no son salvos exige una clara presentación del evangelio; actos de bondad, servicio, y respeto; y un diálogo razonable acerca de la fe tal como se aplica a ellos. Puesto que muchos homosexuales de ambos sexos, o bien se identifican con otras religiones, o se proclaman agnósticos o ateos, estos principios entran en juego a la hora de amar a nuestro prójimo homosexual inconverso.

Jesús nos dio ejemplo de la prioridad que tiene el evangelio cuando interactuó con la mujer samaritana que estaba cohabitando con un hombre fuera del matrimonio. Es necesario observar que Él reconoció el pecado sexual que había en la vida de ella sin insistir en él, y por una buena razón: no era salva. Lo que Él quería era que viviera. Su pecado sexual era un síntoma de su estado espiritual, pero era algo secundario con respecto a él. Aunque pudiéramos convencer a los que no son creyentes para que dejen sus pecados sexuales, eso solo no bastaría para llevarlos al cielo. El punto clave al que necesitamos regresar cuando interactuamos con homosexuales no es su homosexualidad, sino el evangelio.

El Buen Samaritano dio ejemplo de actos de bondad, servicio, y respeto cuando le ofreció a aquel hombre la ayuda práctica que necesitaba sin interrogarlo acerca de los porqués y las razones de su estilo de vida. El creyente actual que invita a su compañero de trabajo que es homosexual para almorzar juntos, y después lo escucha con respeto mientras él le confía cosas acerca de su vida, continúa dentro de esta tradición. De igual manera, la mujer cristiana que visita a un joven con SIDA está sembrando una semilla que puede llegar a producir fruto, como lo hace también el ministro de jóvenes que les enseña a los adolescentes a defender a un joven homosexual a quien están maltratando en el recinto de su escuela.

También es crítico un diálogo razonable acerca de la sexualidad, aunque sea difícil, porque existe una creciente creencia en que la posición bíblica tradicional acerca de la homosexualidad es aborrecible y peligrosa. Pensemos, por ejemplo, en la conclusión a la que llegó el juez Vaughn R. Walker en su dictamen sobre la Proposición 8, la medida sometida a votación en California en el año 2008 acerca de la definición del matrimonio: “Las creencias religiosas según las cuales las relaciones homosexuales de ambos sexos son pecaminosas, o inferiores a las relaciones heterosexuales les causan daño, tanto a los homosexuales como a las lesbianas.”1

Haciéndose eco de los sentimientos de este juez, la actriz y comediante Wanda Sykes, al referirse a una reciente racha de suicidios entre adolescentes homosexuales, hizo la siguiente observación en el programa Larry King Live: “Las iglesias que predican que la homosexualidad es mala… mayormente lo que están haciendo es dándoles permiso a los jovencitos para que le falten al respeto y le hagan daño a la comunidad homosexual de ambos sexos.”2

De igual manera, la también comediante Kathy Griffin afirma: “Es algo casi aprobado el maltratar a los homosexuales y tratarlos como ciudadanos de segunda clase; me parece que una gran cantidad de los que se llaman líderes religiosos tienen que ver con esto.”3

Cuando personas tan influyentes como un juez de un tribunal federal de distrito y celebridades reconocidas a nivel nacional hacen este tipo de acusaciones, lo que sucede es que aquéllos que creen que la homosexualidad es pecado, quedan claramente a la defensiva. Esto hace que sea imprescindible que demos una explicación racional de nuestros puntos de vista cuando dialoguemos con homosexuales que no sean cristianos. Por esta razón, es necesario que veamos algunos puntos acerca del enfoque de la Biblia a la sexualidad humana, puesto que nos ayudarán a explicar nuestra posición.

Somos seres creados (Génesis 2:7; Apocalipsis 4:11).Si no fuéramos creados, podríamos juzgar lo que está bien y lo que está mal en nuestra conducta a partir de lo correcto o incorrecto que parezca ser ante nuestros propios ojos. Pero, si en nuestra condición de seres creados, tendremos que terminar rindiéndole cuentas en última instancia a nuestro Hacedor, en ese caso importa menos lo que a nosotros nos parece correcto y natural, y más aquello que Él considera correcto y natural. Gregory Koukl, apologista y presentador de radio, afirma: “Pero si Dios existe (que es lo que dice el cristiano), entonces no importa lo que nadie prefiera. Sólo importa lo que es cierto.”4

Nuestro Creador tiene unas intenciones concretas con respecto a nuestra existencia y nuestra conducta, y las expresa en las Escrituras.Vemos esto en la Ley de Moisés, los Proverbios, los libros proféticos, los Evangelios y las Epístolas. Todos ellos están repletos de instrucciones, prohibiciones, y advertencias que testifican acerca de un Dios que no es pasivo ni se ha despreocupado de su creación. Cuando Dios nos hizo, tenía en mente propósitos concretos; a esos propósitos les damos el nombre de intención creadora.

La intención creadora se extiende a nuestras relaciones en general y a nuestras relaciones sexuales en particular.Necesitamos hacer la observación de que nuestro Hacedor no sólo nos creó como seres humanos, sino también como seres sexuales. Él fue el autor de nuestras distinciones de género, y después de esto, miró todo lo que había creado (incluyendo la sexualidad humana), y dijo que era “bueno en gran manera” (Génesis 1:26–31). Lejos de ser remilgado o antisexual, Dios es el que celebró originalmente el sexo. Es importante que comprendamos esto antes de pasar al siguiente punto.

El Creador (y por tanto la Iglesia) considera que todas las formas de conducta sexual que no estén a la altura de su intención creadora son erróneas.Nosotros creemos que Dios condena el pecado sexual, porque considera el sexo como algo muy exquisito y lleno de sentido. Aunque consideramos como graves todos los pecados, el pecado sexual conlleva una gravedad especial, tanto en su naturaleza como en sus consecuencias.

En ambos Testamentos se prohíbe la homosexualidad (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:10) y se la considera como una de las numerosas formas de conducta sexual que no están a la altura de la intención creadora, junto al adulterio, la fornicación, la prostitución, y el incesto.No mantenemos nuestra posición por animosidad contra los homosexuales, sino por estar convencidos de que Dios nos creó con intenciones concretas. Si una forma de conducta sexual no se halla a la altura de esas intenciones, entonces es imposible que carezca de importancia, tanto para Dios como para nosotros.

AMA A TU PRÓJIMO HOMOSEXUAL RELIGIOSO
Los famosos músicos cristianos Ray Boltz y Jennifer Knapp, Mel White, quien fuera profesor del Seminario Teológico Fuller, la cantante de música country Chely Wright, y Clay Aiken, estrella de la música pop, son sólo unos pocos entre los miles de personas que se identifican como abiertamente homosexuales, y al mismo tiempo como cristianos comprometidos. Representan a un gran número de hombres y mujeres que están llegando a nuestras iglesias.

Aquí se presenta con toda claridad el desafío de hablar la verdad con amor, porque mientras mayor sea la importancia del tema, más clara es la encomienda de defender la verdad. Aquí es donde las discusiones sobre la conducta sexual se parecen mucho a los debates actuales sobre la defensa de un concepto exclusivo o un concepto inclusivo de Dios. “Yo no soy religioso; soy espiritual”, afirman muchos hoy. Sostienen que hay muchos caminos que conducen a Dios, y muchas maneras de conceptualizarlo a Él/Ella/Ello. En cuanto a este punto, los cristianos no podemos aceptar esa opinión. Jesús dijo: “Nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Los creyentes nos enfrentamos al reto de promover una definición concreta de Dios y de la salvación en tiempos cuando lo que está de moda es la subjetividad con respecto a ambos. Contentarnos con menos que eso, no es demostrar ni amor ni bondad.

Cuando alguien alega: “Dios me hizo homosexual”, tampoco podemos estar de acuerdo. Las Escrituras definen con precisión lo que es la sexualidad normal. A pesar de todas las tensiones sociales, éste es un tema que no nos podemos dar el lujo de evadir. Las ramificaciones en cuanto a la crianza de los niños y la estabilidad cultural son muchas, y lo que está en riesgo es inmenso. Un concepto de lo que es la familia, logrado a través de un consenso mutuo, determina nuestra manera de enfocar los matrimonios entre personas del mismo sexo, la poligamia, el que las parejas vivan juntas sin haberse casado, el transexualismo, las adopciones, la custodia legal de los niños, y los divorcios.

El hecho de que las Escrituras nos presenten una concisa definición de la conducta sexual normal es obvio. Ahora bien, ¿es crítica esa definición como cuestión de doctrina y moral dentro de la Iglesia? Es evidente que sí.

Pablo se sintió alarmado cuando supo que un cristiano de Corinto mantenía abiertamente relaciones incestuosas con su madrastra. También se sintió indignado ante la actitud de despreocupación que dominaba en esta iglesia. En 1 Corintios 5, reprende a sus lectores, por permitir una forma de fornicación “cual ni aun se nombra entre los gentiles” (v. 1). Los reprende por su petulante satisfacción en cuanto a su tolerancia (v. 2) y su aparente ignorancia de una razón básica para la pureza del cristiano: nuestro cuerpo no nos pertenece, sino que es templo de Espíritu Santo (1 Corintios 6:19, 20). Cuando le ordena a la iglesia que excomulgue al fornicador impenitente, les hace dos preguntas: ¿No saben…? Y si saben, ¿por qué no actúan?

Según una encuesta llevada a cabo por George Barna en el año 2003, el cuarenta y nueve por ciento de los que respondieron y se identificaron como “nacidos de nuevo” consideran que vivir juntos fuera del matrimonio es algo aceptable; el treinta y tres por ciento aprueban el aborto; el treinta y cinco por ciento no tienen problema alguno con las relaciones sexuales antes del matrimonio, y el veintiocho por ciento no ven cuál es el problema con la pornografía. En respuesta a esto, Barna hace esta observación: “Hasta la mayor parte de las personas asociadas con la fe cristiana no parecen haber abrazado las normas de la moral bíblica. Las cosas parecen estarse poniendo peores antes de ponerse mejores, y no es muy probable que mejoren, a menos que surja un liderazgo fuerte y atrayente que desafíe los pensamiento y la conducta de la gente, y los reorienten en la dirección correcta. Por el momento, ese tipo de líderes no existe.”5

En ausencia de esta clase de liderazgo, aumenta la confusión sobre lo que es correcto y lo que no, y sobre una actitud despreocupada contra aquello mismo que es incorrecto. Necesitamos aclarar las cosas. Si la pregunta “¿Cómo, pues, viviremos?” (Ezequiel 33:10) no recibe una clara respuesta desde el púlpito, no nos debe sorprender que todo el mundo haga “lo que bien le parezca” (vea Jueces 17:6).

No hay duda de que Pablo tenía esto en mente cuando les dijo a los creyentes de Corinto que se distanciaran de los cristianos que se entregaban a la fornicación (1 Corintios 5:11) y también cuando les dijo a los de Éfeso que vivieran de una manera tal, que la inmoralidad sexual ni siquiera se mencionara entre ellos (Efesios 5:3). Estaba dejando en claro que es crítico que nuestra ética sexual esté basada en las Escrituras.

Esta posición puede ser controversial, y es seguro que chocará con los homosexuales de ambos sexos que afirman tener bases cristianas. Podemos y debemos recibir a todo aquél que quiera asistir a nuestras iglesias, pero aquéllos que se quieran convertir en miembros necesitan saber que para serlo, se les exigirá sumisión a las normas bíblicas de vida y conducta. En pocas palabras, necesitamos señalar desde el púlpito tres puntos con toda claridad y regularidad:

“Esto es lo que constituye la intención del Creador con respecto a la sexualidad humana.”

“Esas formas de conducta están muy por debajo de las intenciones de Dios.”

“Ésa es la razón por la que este asunto es importante.”

AMA A TU PRÓJIMO HOMOSEXUAL QUE SE SIENTE ARREPENTIDO
Muchas iglesias adoptan una clara posición contra la homosexualidad, al mismo tiempo que se manifiestan indiferentes o ignorantes con respecto a los creyentes que están en ellas y que luchan con la homosexualidad. Cuando un pastor menciona el tema desde el púlpito, por lo general lo enmarca como un problema “que existe allá afuera en la sociedad”. Cuando los pastores denuncian la homosexualidad, hay unos pocos que añaden: “Tal vez haya aquí alguien que esté batallando también con este pecado. Resístase ante él. Dios estará con usted cuando lo haga, y nosotros también.”

Como soy alguien que ha conocido a un número incontable de hombres y mujeres que han renunciado a las prácticas homosexuales y que se resisten, a veces a diario, ante la tentación a volver a estas prácticas, puedo atestiguar que una observación como la anterior, procedente de un pastor, puede significar todo un mundo de diferencia.

También encontramos este descuido de un problema tan importante entre los creyentes en los programas cristianos de evangelismo o de apoyo. Muchas iglesias tienen ministerios dirigidos a personas que batallan con la dependencia de sustancias químicas, con el alcoholismo, con los problemas matrimoniales, con los traumas posteriores al aborto, con las dependencias emocionales, y con los desórdenes en la alimentación. ¿Por qué escasean tanto los ministerios similares a éstos, dedicados a ayudar a los homosexuales arrepentidos?

Una de las razones posibles es la ignorancia. Tal vez los cristianos conservadores no crean que un problema de este tipo pueda estar acosando a uno de los suyos. “Yo nunca me he encontrado con eso en mi iglesia”, me aseguró un pastor cuando traté de darle a conocer mi ministerio con los homosexuales arrepentidos. La ética y el sentido común me impidieron informarle que su propio director de coro había acudido a mí en dos ocasiones para recibir consejería durante aquella misma semana.

También es posible que se sientan renuentes a atacar de frente los turbios problemas que hace surgir la homosexualidad, y ésa sea otra de las razones, a pesar de que en esto hay cierta incoherencia. En una ocasión, un amigo le sugirió a un pastor que su iglesia podía desarrollar un grupo de apoyo para los hombres que quisieran superar la homosexualidad. “Eso es innecesario --le replicó el pastor--. Nosotros creemos en el poder de la Palabra de Dios para transformar las vidas. Le enseñamos la Biblia a la gente y la enviamos de vuelta a sus casas. No somos consejeros profesionales.”

No; no son consejeros profesionales, y nadie les estaba pidiendo que contrataran a uno. Pero semanas antes, esa misma iglesia había comenzado un grupo de apoyo para personas que eran codependientes. Además de esto, un grupo para personas con adicciones a sustancias químicas se había estado reuniendo allí durante años. Y por si esto fuera poco, uno de los ministros asociados de este hombre había caído en la homosexualidad, y muerto de SIDA.

Entonces, ¿por qué esa duplicidad de normas? ¿Por qué no se limitan a enseñarles a los codependientes, a los adictos a drogas, y a los alcohólicos “la Biblia para después enviarlos de vuelta a sus casas”? ¿Por qué, tanto en esta iglesia como en muchas otras, están dispuestos a permitir que los pastores o los líderes de grupo se enfrenten a problemas complejos como la adicción y la dependencia, al mismo tiempo que relegan la cuestión de la homosexualidad a consejeros profesionales?

Muchas iglesias no tienen grupos de apoyo de ninguna clase, y ¿quién es nadie para decir que los deban tener? Sin embargo, entre los miles de iglesias que sí ofrecen una atención especial para una miríada de problemas de todo tipo, parece algo extraño que le ofrezcan tan poco al homosexual arrepentido.

El homosexual que se arrepiente, se encuentra entre dos voces: la de los liberales y la de los cristianos conservadores, y ambos están repitiendo una parte —pero sólo una— de las palabras que Cristo le dirigió a una persona que había cometido un pecado sexual; a la mujer adúltera: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11).

“Ni yo te condeno --le dice el teólogo liberal al homosexual de hoy en día para consolarlo--. Vete y sigue pecando.”

“Yo sí te condeno --parece responder con demasiada frecuencia el cristiano conservador--, así que vete y no peques más.” Entonces deja solo al pecador para que descubra la manera de lograrlo.

O también es posible que se limite a decirle: “¡Vete!”

Podemos hacer algo mejor que eso. Podemos asociarnos de manera dinámica con los homosexuales arrepentidos, estableciendo ministerios internos en la iglesia, diseñados para irlos llevando a lo largo de su proceso de santificación. Podemos aprender de organizaciones existentes, como Exodus International, que han ministrado a homosexuales arrepentidos durante décadas. Y podemos crear en nuestras iglesias un ambiente seguro para que aquéllos que quieran abandonar este estilo de vida hablen sobre su situación, saquen provecho de nuestro cuidado pastoral, y se unan a las filas de todos los demás creyentes que saben lo que significa amar a Dios, y sin embargo, batallar con un gran número de continuas tentaciones.

CONCLUSIÓN
Amar a nuestro prójimo homosexual puede ser algo desalentador en muchos sentidos, y exigir de nosotros que cumplamos nada menos que con la encomienda que nos dio Cristo de predicar el evangelio y hacer discípulos. Sin embargo, es irónico que en estos tiempos tan favorables para los homosexuales, en que las oportunidades son mayores que nunca antes, haya tantos homosexuales que se sigan preguntando si su forma de conducta y sus pasiones se encuentran realmente en sintonía con lo que Dios quería que fueran cuando los creó.

En este sentido, la iglesia de hoy no deja de ser semejante a la iglesia de los primeros tiempos, que existió en una época donde no había freno alguno para la vida licenciosa y, según el obispo episcopal William Frey, seguía atrayendo a los que menos habría pensado nadie que se quisieran integrar a ella: “Uno de los rasgos más atractivos de las primeras comunidades cristianas… era su radical ética sexual y su profundo compromiso con los valores familiares. Estas cosas… atraían a muchas personas que estaban desilusionadas con los excesos de promiscuidad de una cultura que demostró hallarse en plena decadencia. ¿Acaso no sería maravilloso que nuestra iglesia encontrara esa misma valentía contracultural en el día de hoy?”6

Sí, sería maravilloso. Y más importante aún, es totalmente posible.7


JOE DALLAS es escritor, orador y director del programa Genesis Counseling, un ministerio de consejería pastoral de Tustin, California. Es miembro de la iglesia de Newport Mesa (Asambleas de Dios) en Costa Mesa, California. Junto con Nancy Heche escribió la obra The Complete Christian Guide to Understanding Homosexuality [Guía completa para comprender la homosexualidad].
NOTAS
Decisión sobre la Proposición 8 “Finding of Fact: Religious Teaching on Homosexuality Harms Gays & Lesbians”, jueves 5 de agosto de 2010, 3:41 p.m. http://www.standfirminfaith.com/?/sf/page/26446. Consultado el 27 de octubre de 2010.

Wanda Sykes, cita procedente del programa del 17 de octubre de 2010 de Larry King Live. http://transcripts.cnn.com/TRANSCRIPTS/1010/17/lkl.01.html. Consultado el 27 de octubre de 2010.

Ibíd.

Transcripción de un programa de 1994 en Stand To Reason, titulado “Preference for Truth?” http://www.str.org/site/News2?page=NewsArticle&id=5503. Consultado el 27 de octubre de 2010.

http://www.barna.org/barna-update/article/5-barna-update/129-morality-continues-to-decay. Consultado el 27 de octubre de 2010.

“What Does God Really Think About Sex?” por Richard Ostling, revista Time, 24 de junio de 1991. http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,973264,00.html. Consultado el 27 de octubre de 2010.

Las citas bíblicas han sido tomadas de la Versión Reina–Valera, revisión de 1960, © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina–Valera 1960™ es una marca registrada de la American Bible Society.

PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN PERSONAL O PARA DISCUSIÓN EN GRUPO:
1. Si una pareja homosexual comienza a asistir a nuestra iglesia, ¿qué preocupaciones haría surgir esto en otros miembros? ¿Cómo solucionaremos esas preocupaciones?

2. ¿Cómo les responderemos a los que nos digan: “Yo nací así. En ese caso, ¿cómo es posible que esto sea incorrecto?”

3. ¿Deben asumir nuestra iglesia o nuestros líderes en el ministerio una posición con respecto a ciertas cuestiones políticas (como la del matrimonio entre personas del mismo sexo, o el principio de “no pregunte; no diga nada”) que se hallan relacionadas con frecuencia a la homosexualidad? Explique su respuesta.

4. Si llega a nuestra iglesia un hombre y dice: “Yo me acabo de arrepentir de la homosexualidad. ¿Qué debo hacer ahora?”, ¿qué tipo de ayuda ministerial necesitaría ese hombre? ¿Estamos preparados para dársela? Explique su respuesta.

5. Cuando los homosexuales religiosos dicen que son homosexuales y cristianos, ¿es posible que sean salvos, aunque continúen en su pecado? Explique su respuesta.

SI NECESITAS MÁS INFORMACIÓN, ESCRÍBENOS A MINISTERIORESTAURACION@GMAIL.COM

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