Aspectos Espirituales de la Adicción



La pregunta nunca es “¿Me sanará Dios?” sino que es “¿Elegiré aceptar la sanidad segura que Él me promete o no?”. La promesa de Dios para usted es la liberación; Pablo le asegura “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia (Romanos 6:14). Este es el regalo de Dios para nosotros; nuestra parte es abrir y disfrutar el regalo al hacer de nuestras vidas una búsqueda constante de Su Rostro amoroso.

A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón ... Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien
es bendito por siempre. (Romanos 1:21, 24 - 25)

Supuestos Fundacionales

Una persona vuelve a nacer cuando se convierte en cristiana – Jesús viene a través de su Espíritu para morar con y en el creyente. Una vez que Él viene a estar con nosotros, permanece y nunca nos deja. Profundizar nuestro conocimiento de Él, sin embargo, exige que recibamos la mente de Cristo, un proceso que no es ni instantáneo ni automático. Esto requiere nuestra participación constante. Necesitamos Su perspectiva sobre nuestra vida, sobre Él y sobre Su creación.

Dios nos ha creado para que nos satisfaga solamente una cosa: Él mismo. En el caso de cada ser humano, la sed que tenemos es infinita e interminable. Tenemos sed de amor, de aceptación, de alimento emocional, de sentido, de conversación, de relación, de seguridad. En realidad, como lo expresó un escritor, cada persona podría correctamente llamarse una sed viviente. Usted es una sed viviente así como lo soy yo. El escritor de Proverbios afirma que “De todo hombre se espera lealtad” (Prov. 19:22). A través de la Biblia, el Señor nos ha revelado que Él, que es Amor Infinito, es el Único capaz de satisfacer la sed que de otro modo sería insaciable. Solamente en relación constante con Él descubrimos por qué existimos y quiénes somos. Solo al crecer en comunión con Él nos volvemos las personas bien desarrolladas que Él quiere que seamos; o sea encontramos nuestra realización en el Padre eterno a través de Jesús o nos volvemos esclavos de la búsqueda de esa realización en cosas-no-Dios, ya sean drogas, actividades, sexo u otras. Sabemos esto a través de las escrituras y de la experiencia. Considere el discurso entre Jesús y la mujer junto al pozo:

Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua -contestó Jesús-, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida. Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que da vida? ¿Acaso eres tú superior a nuestro padre Jacob, que nos dejó este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y su ganado? Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed -respondió Jesús-, pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna. (San Juan 4:10-14)

En su interacción con la mujer junto al pozo, Jesús revela que solo el don de Dios, solamente el agua viva, pone fin a la sed del corazón humano. Él usa la sed natural de la mujer como una reflexión mediante la cual ella puede ver y entender su sed espiritual más profunda.

Es un Estado de Sed Constante por Algo que no es Agua Viva

¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! ¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero! Vengan, compren vino y leche sin pago alguno. ¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán con manjares deliciosos. Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán. Haré con ustedes un pacto eterno, conforme a mi constante amor por David. (Isaías 55:1-3)

Es un hecho común a todos que gastamos nuestros recursos en cosas que no detendrán nuestro hambre. Es decir, estamos todos engañados, desperdiciando nuestro tiempo en la búsqueda de recursos que son inútiles y que solamente pueden llevarnos a una gran desilusión. Las Escrituras señalan esto en la pregunta retórica: “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?” ¿Hay cosas que aparentan ser pan en las cuales gastamos dinero, tiempo, esfuerzo y energía, y que para nada son pan? Tales cosas no pueden llenarnos y las mismas desperdician nuestros recursos. ¡Estos sustitutos del pan incluyen todo lo que Dios no es! Aunque esto es contrario a lo que parece ser así, la verdad es que cualquier cosa que no sea Dios, no nos satisfará.

Solo Dios puede traer un fin a nuestra búsqueda incansable y llenarla. El venir a Dios para ser llenados enriquece nuestra alma. Él debe ser nuestra Fuente primaria a quien acudamos para llenar nuestros corazones.

Dios nos ha hecho para la vida. Jesús nos dice, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). Sin Jesús lo que experimentamos es mera existencia, para nada es vida. La vida tiene que ver con existir con Jesús; la vida es solo un regalo donde emprendemos un viaje en sociedad e intimidad con Él. Cualquier otra cosa es más o menos inanimada. Es la experiencia de muerte, de existencia sin vida. Por eso, en la medida que experimentemos una realidad día a día además de encontrarlo como la Fuente de nuestro sentido y placer, estamos experimentando muerte. La muerte tiene que ver con la experiencia del pecado y sus consecuencias.

Los que mueren sin fe en Cristo experimentan la muerte eterna. Sin embargo, la muerte no se siente solamente por la persona condenada. Hay una abundancia de muerte que aún el alma salvada experimenta en este mundo caído. Cuando habitualmente buscamos la vida en las cosas creadas en vez de buscarlas en el Creador, habitualmente experimentamos la muerte. Y aún peor, ¡nos volvemos esclavos de nuestro mísero sustituto aunque nos haga experimentar la muerte! ¡Nos hacemos totalmente patéticos, esclavizados a cosas menores e incapaces de buscar el Único Remedio aunque Él es lo que más deseamos!

Dios es la Única Fuente de Vida

Jesús vino en la carne para vencer el poder de la muerte. Él es un Espíritu que dá vida.

Así está escrito: "El primer hombre, Adán, fue hecho un ser viviente"; el último Adán, un Espíritu que da vida.(1 Cor. 15:45)

Las personas, las cosas, las actividades nunca pueden ser agua viva.

Jeremías nombra el problema básico con el hombre en su estado caído:

¿Hay alguna nación que haya cambiado de dioses, a pesar de que no son dioses? ¡Pues mi pueblo ha cambiado al que es su gloria, por lo que no sirve para nada! ¡Espántense, cielos, ante esto! ¡Tiemblen y queden horrorizados! afirma el Señor. Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. (Jeremías 2:11-13)

Aquellos de nosotros que nos hayamos vuelto adictos hemos participado en los dos pecados que se nombran acá. En nuestras mentes podemos proclamar que Jesús es el Señor, pero en nuestras acciones diarias hemos confiado nuestras vidas, nuestros corazones dañados y nuestros miembros corporales a otro dios – al de la excitación sexual capaz de alterar el estado anímico. Como bien sabemos, nuestro comportamiento ha colocado claramente a la satisfacción sexual sobre y por encima de la voluntad de Dios.

Además, los objetos de nuestros deseos se convierten en dioses para nosotros y vienen a ser cisternas rotas. Los mismos se disfrazan como dadores de la vida al cubrir nuestra necesidad profunda de Dios, pero no pueden ni suplir ni sustituir el agua viva que Dios quiere que nosotros tengamos.

La Adicción Comenzó con la Caída

Desde el comienzo Satanás ha usado nuestra sed como su estrategia para separarnos de Dios. Al referirse a Eva en el jardín, Génesis 3:6 dice:

La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio a su esposo, y también él comió.

Eva estaba experimentando la sed de los sentidos además de la sed espiritual por ser “más sabia” de lo que era. En vez de subordinar su sed a las instrucciones que Dios le había dado, siguió el consejo del enemigo. La serpiente sacó provecho de esta sed y la usó para obtener dominio sobre ella.

La Adicción Sexual es una Sed Falsa

La adicción sexual es una sed falsa. Es un deseo que reemplaza a Dios y que da como resultado el apego compulsivo y la relación inmanejable con el comportamiento sexual, el cual involucra a personas, cosas o fantasía y termina usualmente con el orgasmo. Como Patrick Carnes lo expresa sucintamente, la adicción sexual es “una relación patológica con una experiencia que altera el ánimo.”1

La naturaleza espiritual de la adicción tiene sus raíces en la caída y sus patrones se elaboran diariamente en el terreno físico y emocional. Los patrones del pecado y las etapas de la adicción se pueden ver en los escritos de Santiago:

Que nadie, al ser tentado, diga: "Es Dios quien me tienta." Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie. Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte. (Santiago 1:13-15)

Mientras desarrollamos nuestra comprensión de la adicción, veremos que no es una condición que puede relegarse a una dimensión de la vida de la persona. Concierne las dimensiones físicas, emocionales y espirituales de la misma. Todo pecado tiene la tendencia a convertirse en una compulsión. Consentir un pecado es cotejar una compulsión; Dios nos ha dicho lo que es el pecado y que evitemos tales cosas porque Él nos quiere librar del sufrimiento que viene con el comportamiento compulsivo. La adicción es simplemente una forma más desordenada, más fea y más grande de pecado.

Podemos ver el patrón pecado/adicción como una progresión que comienza con el deseo (que lo reemplaza a Dios) por algún otro objeto. Albergar el deseo significa la alabanza del objeto de elección. La idolatría socava nuestro deseo por Dios. (La alabanza significa que respondemos e interactuamos con el objeto porque puede darnos vida). “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). Esto es verdad en la adicción y en el pecado. A medida que el objeto de nuestro deseo obtiene más y más lugar dentro de nuestro corazón, participamos cada vez más en la muerte. “La adicción nos hace todo idólatras porque nos fuerza a alabar a estos objetos de apego, impidiéndonos así de amar verdaderamente y libremente a Dios y el uno al otro”. 2

La Adicción es Idolatría

Los ídolos de los paganos son de oro y plata, producto de manos humanas. Tienen boca, pero no pueden hablar; ojos, pero no pueden ver; tienen oídos, pero no pueden oír; ¡ni siquiera hay aliento en su boca! Semejantes a ellos son sus hacedores y todos los que confían en ellos. (Salmos 135: 15-18)

Es importante notar las características de los objetos distintos a Dios. Los dioses falsos son mudos, ciegos, sordos y no tienen aliento de vida. Al volvernos compulsivamente atados a algo, reemplazamos a un Dios dador de la vida con objetos y actividades muertas que solo nos dejan más vacíos.

Cuando comenzamos a ceder a la fuerza de nuestros deseos sexuales, puede parecer excitante y pleno y dar la ilusión de que finalmente estamos liberando nuestro verdadero ser. Mientras que la relación con el pecado sexual continúa, la muerte horrible coronada por la culpa y la desesperación se revela con prontitud. Cuando más profunda se hace nuestra adicción, más arraigados y retorcidos se vuelven nuestros deseos.

La adicción es el enemigo de la libertad. La libertad verdadera solo puede provenir de un Dios creativo, espontáneo y viviente. Como señalan las Escrituras, todos los que confían en los ídolos se convertirán como ellos – muertos.

Jesús – Nuestra Única Esperanza

Con gratitud, el Padre nos envió a Jesús en nuestro estado idólatra. Lo hizo así a la luz de nuestra condición desesperante, no a pesar de ella. Jesús es la plenitud de Dios, el Único capaz de quebrar el poder de nuestra adicción. Pablo escribe de Cristo diciendo:

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación ... todo ha sido creado por medio de él y para él ... Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas. (Colosenses 1:15, 16, 19)

Jesús es la imagen de Dios – Él vino en la carne y fue Él mismo el rostro visible de Dios, mostrando así la naturaleza del Padre al mundo. En Génesis, se nos dice que el hombre y la mujer fueron creados por Dios el sexto día.

Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó. (Génesis1:27)

Dado que Jesús es la imagen de Dios, la humanidad ha sido hecha a la imagen de Dios, creada por el Padre con Jesús y por Jesús. Por eso, aunque solo Jesús refleja plenamente la imagen del Padre, somos hechos a aquella imagen, y entonces nosotros también tenemos la capacidad dada por Dios de reflejar al Padre. Hacemos esto, por sobre todo, cuando vivimos en amor a través de la fe y la esperanza en Él.

Porque Dios es amor, Él quiere que descansemos seguros en Él sabiendo de su preocupación tierna hacia nosotros, sabiendo que Él quiere cuidar cada aspecto de nuestras vidas. Debido a esto es que el apóstol Juan escribe:

En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. (1 Juan 4:18)

El temor, el dolor y la ansiedad que experimentamos están relacionados con la caída de la humanidad, cuando Adán y Eva y todos sus descendientes fueron separados de Dios por el pecado. Habiendo sido separados del conocimiento de quién Él es, el temor vino a nuestros corazones.

Un aspecto de la separación de la vida de Dios es sentir un vacío solitario y un deseo de ser llenados. En su actividad incansable, el adicto está meramente intentando completarse a sí mismo con cosas distintas a Dios. Estos “arreglos” son temporarios y no satisfacen a largo plazo. Puede parecer que funcionen por un tiempo para ocultar el dolor del vacío, pero con el tiempo se comportarán como un cachorro de león que se vuelve salvaje, se hace malicioso y devora a su dueño en un ciclo adictivo destructivo. Por esto, las Escrituras nos exhortan a que no nos conformemos a este mundo o a algo del mismo.

No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. (Romanos 12:2)

¿Cómo renovamos nuestras mentes y a qué estamos siendo conformados? Nuestro objetivo como adoradores de Dios es la conformidad al conocimiento de Jesucristo, la imagen expresa de Dios. La adicción es, en parte, una crisis de identidad en la cual el dolor profundo de no ser conforme a la imagen de Dios está cubierto por una actividad incansable de intentar encontrar nuestra identidad en otras cosas.

Somos Hechos para Relacionarnos con Dios y con Otros

Una parte importante de llevar la imagen de Dios es la libertad, no solo estar en relación correcta con Dios sino que aprender cómo amar a otras personas bien. La adicción sexual nos roba aquella libertad. Dios no está contento con que solo detengamos ciertos comportamientos. Su objetivo para con nosotros al salir de la adicción sexual es que crezcamos en una relación de confianza e íntegra con otros. Él quiere que nuestra sexualidad sea una sirviente de relaciones honrosas y creativas. Él no quiere que nosotros usemos a otros al servicio de nuestra sexualidad. El primer y segundo mandamiento más grande son mandatos relacionales. Note la respuesta de Jesús en el siguiente discurso bien conocido:

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:36-40)

Jesús murió en la cruz por nuestros pecados para que pudiésemos ser lavados de los mismos y sus efectos. Ahora que tenemos la provisión del poder limpiador de la sangre de Cristo, Dios está volviéndonos a llamar de la separación de la caída. En nuestra relación con el Padre, nos pide que obedezcamos para que nuestros deseos, cada parte nuestra, pueda ser sujeta a Dios. Si aprendemos a buscarlo para nuestro sentido y saciedad, podemos aprender con Pablo el secreto de estar contento en cada situación. Debido a que nos podemos apropiar de la gracia que nos ofrece libremente y en abundancia, podemos realizar esta elección (progresivamente) una vez a la vez, un acto de voluntad después de otro. Al hacer esto, recibimos nuevas identidades, entendemos nuestro valor y comenzamos a amarnos. Desde este lugar de fortaleza, estamos entonces autorizados para amar a otros con el mismo conocimiento con respecto a su importancia para Dios. Esto ocurre cuando Dios y su palabra nos reflejan quienes somos en Él. Es ésta la revelación que nos equipa para amar verdaderamente a otros.

Aprendemos a Amar a Dios y a Otros

Desde el punto de vista del desarrollo, obtenemos nuestra capacidad para relacionarnos con Dios y con otros a través de nuestras familias de origen. Los padres son los portadores de la imagen de Dios. Los padres se convierten para nosotros en lentes a través de los cuales “vemos” y entendemos a Dios y a otras personas. La influencia de los padres afecta la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y a otros. En otras palabras, nuestra auto-imagen y creencias sobre las realidades relacionales se forman en relación a nuestros padres y lo que ellos nos reflejan sobre nosotros mismos.

Como se afirmó anteriormente, Dios nos creó sedientos para conocerle y para ser como Él; es decir, para ser absorbidos en su amor por nosotros y para trasmitirlo a cada uno de los que nos rodean. Desde el punto de vista del desarrollo, este “llegar a ser” está facilitado, en alguna medida, por nuestros padres mientras ellos nos administran tanto la alimentación (amor y afirmación) como la exhortación ( palabra, verdad y disciplina) de Dios (Ef. 6:4). Para cuando llegamos a la adultez ya asimilamos un grupo consistente de entendimientos sobre Dios, nosotros mismos y otros que ya sea nos capacita o nos entorpece al involucrarnos en relaciones íntimas y afectuosas, incluyendo aquellas que son sexuales en naturaleza. En la medida que nuestro entendimiento de Dios, del ego y los otros sea incorrecto, entenderemos a las personas y a sus motivos de manera errónea. Así nos relacionaremos equivocadamente, pensaremos lo que entendimos, pero en realidad seremos incapaces de vernos a nosotros mismos y a otros verdaderamente como somos en realidad.

La capacidad para amar y ser amado (en otras palabras, para relacionarnos adecuadamente) es posible para una persona solamente en la medida en que el/ella sea capaz de confiar en Dios y en otros. Esta confianza es una necesidad primaria del corazón de cada individuo. Cuando ésta no se establece, existe una desesperación profunda, una soledad y un temor de la relación que se fija en el alma. En otras palabras, las experiencias quebrantadas, distorsionadas y dolorosas de intimidad dejan un mal gusto tras su paso; así las relaciones y la intimidad son reminiscencias de experiencias pasadas decepcionantes y amargas. Las familias que están quebrantadas en su capacidad para amar crían así hijos temerosos de ser vulnerables – temerosos de confiar. Los adictos sexuales, por lo general, tienen miedo de confiar; esta es una de las marcas de una persona con adicción sexual. Es, en realidad, una causa principal de adicción (como veremos posteriormente). Es por esto que para el adicto sexual, el hecho de aprender a confiar y de entregar el control en las relaciones es una cuestión trascendental. Hasta que se logra esto, en algún nivel ellos están solos todo el tiempo y hambrientos de intimidad verdadera.

En la adicción sexual, este hambre (que es verdaderamente por Dios) está desplazado por la actividad sexual. La conexión sin un riesgo relacional es la fuerza que impulsa la adicción sexual. Uno se sujeta a sí mismo a objetos sexuales en un intento vano de satisfacer el agujero abierto en su alma. La superación de la adicción sexual implica tratar con esta búsqueda mal encausada de intimidad emocional.

Similarmente, la resolución de acontecimientos dolorosos de la historia familiar de uno es una parte crucial para romper relaciones adictivas. También es clave para desarrollar relaciones significativas. El enfrentar las realidades dolorosas del pasado propio para resolverlas con el Señor producirá libertad para entablar relaciones saludables con Dios y con otras personas.

Conclusión

Antes de la caída, Adán y Eva caminaban con Dios y uno con el otro. Cada uno estaba en una relación correcta tanto con el otro humano como con el Otro divino. Juntos caminaban, conversaban y trabajaban, todos con contentamiento y gozo natural. Debido a su unidad, disfrutaban más que su mera existencia – ellos vivían. Al haber aceptado la guía y el consejo de Satanás, desobedecieron a su Dios y se separaron de la Fuente de la Vida. Cayeron de un estado de justicia original al pecado y sus horrendas consecuencias, involucrando a toda la humanidad con ellos.

Comenzamos a ser los herederos del pecado y de la muerte que comenzó con ellos. Sin embargo, aún esto no cambió el hecho de que cada persona esté hecha a la imagen de Dios, creada de tal manera para reflejar la bondad de Dios mismo. El resultado de esto es que encontramos cosas dentro de nosotros que son nobles e innobles, aquello que es hermoso y aquello que es profano.

Nuestras familias de origen, en las cuales crecimos, han tenido mucho que ver en moldearnos y formarnos a nosotros que estábamos caídos. En la medida en que nuestras familias estuvieron quebrantadas, los efectos de la Caída serán más evidentes en nosotros. Cuanto más quebrantadas hayan sido nuestras familias, más quebrantados seremos nosotros.

Nuestro Hacedor nos contempla con una bondad y compasión enorme. A la luz de nuestra gran aflicción, Él vino entre nosotros en la carne y se hizo nuestro Remedio. Solo Jesús es nuestra esperanza de sanidad; sin Él nunca podemos regresar a algo tan remotamente como las maneras en que Adán y Eva disfrutaron la vida.

Pablo escribe en Romanos 8:

Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios ... Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria. (Romanos 8:13-14, 17, la negrita es mía)

Pablo afirma acá que habiendo recibido el Espíritu de Dios, el creyente es transformado en una nueva creación, un/una hijo/hija de Dios. Como hijos, somos herederos de Su heredad real que es ilimitada y que incluye “parte con él en su gloria.” (v. 17). Habiendo sido traídos de la muerte a la vida, nuestra herencia tiene todo que ver con la vida. Y hasta que obtengamos la libertad completa, parte de nuestra herencia es la certeza de que la libertad está en camino – Dios quiere que nosotros confiemos en Él y que sepamos que mientras que nosotros somos débiles y no podemos sanarnos a nosotros mismos, Él es fuerte y sanará a Sus hijos. Aquellos de nosotros que a pesar de la larga historia de pecado nos atrevimos a esperar en su liberación hemos hallado que Sus promesas son verdaderas. Dios se deleita en levantarnos fuera del hoyo de pecado en el que estuvimos atrapados por tanto tiempo. Él, por su parte, nos motiva a creer profundamente en Su amor hacia nosotros y Su poder para salvar.

La pregunta nunca es: “¿Me sanará Dios?” Más bien es “¿Elegiré aceptar la sanidad segura que Él promete o no?” La promesa de Dios para usted es de liberación. Pablo le asegura: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Este es el regalo de Dios para nosotros; nuestra parte consiste en abrir y disfrutar el regalo haciendo de nuestras vidas una búsqueda constante de Su Rostro amante. Si por Su gracia morimos a los viejos caminos pecaminosos (paso a paso, y con el apoyo, la oración y la amistad de la comunión de la iglesia), hay una vida de resurrección cierta para cada creyente: libertad de la esclavitud del pecado y libertad para escoger y regocijarnos en la vida.

Pues si por la trasgresión de un solo hombre [Adán] reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo. (Romanos 5:17)

R e f e r e n c i a s

1 Patrick Carnes, Ph.D., Contrary to Love [Contrario al Amor] (Minneapolis: Editorial CompCare, 1989) 4.
2 Gerald G. May, M.D., Addiction & Grace [Adicción & Gracia] (San Francisco: Harper & Row, 1988) 4.
Tarea


1. ¿Qué de su adicción sexual parece viva o vivificadora?




2. ¿De qué maneras su adicción ya ha producido muerte en usted?




3. ¿Cómo se parece usted a su ídolo?




4. ¿Tiene usted una relación de gracias (marcada por la gracia) o licenciosa (marcada por la libertad) con Dios? Explique.

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